DOMINGO 10 DEMAYO, FIESTA DEL MAF SAN JUAN DE ÁVILA DE MÁLAGA CON MOTIVO DE SUS PATRONOS
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Encuentro ocasional en la parroquia del Salvador Puerta Blanca de miembros del Movimiento
Publicado: 2026-04-26 15:06:28
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Medalla de pro ecclesia a Loli nuestra hermana esposa se Aurelio de Cimpeta
Publicado: 2026-04-26 11:31:17
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VIGILIA PASCUAL EN SAN PABLO
Publicado: 2026-04-05 12:17:48
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VIERNES SANTO EN SAN PABLO
Publicado: 2026-04-03 23:18:28
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JUEVES SANTO EN SAN PABLO
Publicado: 2026-04-02 23:43:38
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MISA CRISMAL EN LA CATEDRAL
Publicado: 2026-04-01 20:03:22
Ha tenido la complacencia que le hace grande de saludar vestido de ornamentos a todos los feligreses que estábamos allí, llegando a hacernos una foto con El.
Pero es que, además, hemos visto a los hermanos de Fuengirola de la reunión: Pepe y Rosa Castejón, Antonio y su mujer. Que gran emoción.
Posteriormente, algunos hemos hecho convivencia y nos hemos tomado algo.
Ha en sido una mañana muy sentida. Damos gracias a Dios por esa Dicha de estar la Iglesia de Málaga: sacerdotes y pueblo todos juntos.
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RETIRO DE LAICOS: DOCUMENTACIÓN COMPLETA DE LA MEDITACIÓN
Publicado: 2026-03-30 22:57:55
📄 Documento Completo
“Contemplar, escuchar y vivir: un camino hacia la Pascua”
Buenos días a todos.
Nos reunimos hoy para comenzar este retiro de Cuaresma en una semana especialmente intensa y dolorosa para nuestro presbiterio y para nuestra Iglesia de Málaga.
Hace apenas unos días despedíamos a nuestro hermano, sacerdote y amigo, don Manuel Ángel. Él fue quien impulsó este encuentro. Él confió en que este tiempo podía ser una gracia para todos nosotros. Y no podemos comenzar sin recordarlo con agradecimiento profundo.
Nos ha regalado mucho. Nos ha acompañado, nos ha animado, nos ha sostenido con su cercanía y buen hacer. Nos enseñó, sobre todo, a confiar: confiar en el Señor, confiar en su voluntad, confiar en la Iglesia, confiar en la Virgen —su Virgen del Rosario— en quien siempre se apoyaba con sencillez y humildad..
Pero además, mientras nosotros estamos aquí reunidos, otro hermano nuestro, Pepe Amalio, está siendo despedido en su misa exequial. En poco más de una hora, el presbiterio se reúne para encomendar su vida a la misericordia del Señor.
Desde aquí, en comunión con ellos, queremos unirnos al dolor del presbiterio y de la diócesis. Y al mismo tiempo, queremos hacerlo con esperanza. Porque la fe nos dice que la comunión no se rompe. Que la muerte no tiene la última palabra. Que quien ha vivido en el Señor, vive para siempre en Él.
Encomendamos al Señor la vida de Manuel Ángel y la vida de Pepe Amalio. Presentamos ante Dios su entrega, su servicio, sus desvelos pastorales. Y le pedimos, desde el corazón, que suscite muchas y santas vocaciones para nuestra Iglesia de Málaga. Que no falten hombres generosos que quieran entregar su vida al servicio del Evangelio.
Hoy comenzamos este retiro bajo esa luz pascual. La Cuaresma nos habla de conversión, sí, pero también nos habla de esperanza. Nos habla de cruz, pero también de resurrección.
Y por eso, este retiro no lo hacemos solos. Lo hacemos en comunión con quienes ya contemplan el rostro del Señor de un modo pleno. Lo hacemos sabiendo que ahora interceden por nosotros.
Esta mañana no estamos aquí para escuchar una conferencia ni para recibir una lección. Yo soy el menos indicado para eso. Estamos aquí para rezar. Para dejarnos acompañar. Para entrar en nuestro interior y disponernos a vivir este tiempo de Cuaresma como lo que verdaderamente es: una oportunidad de gracia, una oportunidad de poder transformar el corazón.
Yo os hablo como sacerdote, sí, pero sobre todo os hablo como hijo de Dios, consciente de mi pequeñez, de mis límites, y profundamente agradecido por el amor tan grande que el Señor tiene por mí. También yo estoy invitado a recorrer este camino cuaresmal, a dejarme convertir, a volver una y otra vez al Evangelio.
La Iglesia nos regala cuarenta días. Pero lo hace no como una carga añadida, no como una exigencia más, sino como un tiempo favorable, como un regalo. Jesús comienza su vida pública con una invitación sencilla y radical a la vez: «Convertíos y creed en el Evangelio».
Convertirse no es solo cambiar algunas cosas externas. Es volver el corazón a Dios, recolocar la vida, dejar que el Evangelio vuelva a ser criterio, luz y camino. La Cuaresma es ese desierto al que el Señor nos conduce, no para perdernos ni abandonarnos sino para reencontrarnos con Él.
Y este camino cuaresmal lo vamos a recorrer desde tres actitudes sencillas y fundamentales: contemplar, escuchar y vivir.
CONTEMPLAR
La Cuaresma comienza siempre con una invitación muy clara: detenernos.
Detener el paso. Detener el ruido. Detener la inercia de la vida diaria.
Vivimos con frecuencia acelerados. Incluso en las cosas de Dios. Hacemos, organizamos, servimos, respondemos… muchas veces con buena intención, pero sin detenernos. Y la Cuaresma nos recuerda algo esencial: antes de hacer, estamos llamados a mirar; y antes incluso de mirar, estamos invitado a dejarnos mirar.
Contemplar no es simplemente ver.
Contemplar es permanecer.
Contemplar es no pasar de largo.
Contemplar es quedarnos ante el misterio sin necesidad de entenderlo todo.
Dios no se ha quedado fuera de nuestra historia. No es un espectador lejano. En Jesucristo, Dios entra en nuestra historia, se adentra en nuestra carne, asume nuestros límites, nuestras heridas, nuestras contradicciones. Entra en nuestra historia con amor. Y eso lo cambia todo.
Cuando contemplamos la vida de Jesús, cuando nos acercamos al evangelio, no contemplamos una biografía más. Contemplamos una forma concreta de vivir, de amar, de relacionarse, de entregarse. Contemplamos su palabra, que no aplasta, sino que levanta. Su cercanía a los pequeños y a los humildes. Su misericordia sin límites.
Y de manera especial, en este tiempo cuaresmal, estamos llamados a contemplar su pasión y su cruz. No como una escena repetida cada año, no como una tradición conocida, sino como un misterio de amor que sigue hablándonos hoy.
La cruz no es solo un recuerdo del pasado. Es una luz que ilumina nuestras propias cruces: el cansancio, el desgaste, la sensación de no llegar, la fidelidad callada que no siempre se ve ni se reconoce. También las heridas personales, los fracasos, las decepciones, las noches en las que uno se pregunta si merece la pena seguir.
Contemplar la cruz es descubrir que Dios no huye del sufrimiento humano. Que no lo esquiva. Que no lo minimiza. Dios entra de lleno en él, lo asume, lo carga sobre sus hombros. Y lo hace no desde la distancia, sino desde dentro, compartiendo nuestra condición.
Quizá hoy, al comenzar esta Cuaresma, algunos llegamos cansados. Cansados de dar, cansados de intentar, cansados incluso de rezar. La contemplación no nos exige nada. No nos pide resultados. Nos invita simplemente a estar, a ponernos delante del Señor tal como estamos.
Yo mismo lo experimento muchas veces en la parroquia. Los jueves tenemos la exposición del Santísimo, y ese día suele ser especialmente intenso. Aparecen mamás que vienen a hablar un momento, personas que necesitan algún papel, novios que quieren fijar la fecha de la boda, padres que vienen a apuntar un bautizo… y uno siente que no llega a todo. Parece que falta el tiempo, parece que uno va con retraso, parece que todo se acumula.
Y muchas veces llego al momento de la exposición del Santísimo con esa sensación de prisas, con ese cierto estrés interior, con esa desazón de quien siente que no ha llegado bien a todo lo que tenía que hacer.
Pero cuando llega el momento de parar de verdad, cuando expongo el Santísimo, cuando rezamos las vísperas y después me siento delante del Señor cara a cara, ocurre algo muy sencillo y muy profundo: todo ese agobio empieza a desaparecer.
Mirándolo a Él, todo cobra sentido.
Mirándolo a Él, descubro que la entrega merece la pena. Que el cansancio no es inútil. Que la vida entregada tiene valor.
Porque entonces recuerdo que yo no soy un funcionario más. Soy un discípulo. Soy un hijo. Soy un servidor del Señor. Soy un instrumento pobre que intenta servir, pero que al mismo tiempo es servido por Él.
Yo vengo a entregarle mi tiempo, mi esfuerzo, mis preocupaciones… pero Él se me está regalando continuamente. Él me devuelve el ciento por uno de lo poco que yo puedo ofrecerle.
Y entonces uno entiende mejor lo que significa contemplar. No es huir de la vida. Es volver a la fuente para poder vivirla con sentido.
Como agentes de pastoral, corremos un riesgo muy real: el riesgo de hacer mucho y contemplar poco. De hablar mucho de Dios y mirarlo poco. De servir sin beber de la fuente.
La Cuaresma nos devuelve a lo esencial: a la mirada de Cristo. Una mirada que no juzga, que no mide, que no compara. Una mirada que conoce lo que somos y aun así nos ama. Una mirada que no nos deja donde estamos, pero que tampoco nos rechaza.
Contemplar es dejarnos mirar así.
Contemplar es permitir que el Señor vuelva a ocupar el centro. Contemplar es reconocer que no somos nosotros quienes sostenemos la misión, sino que es Él quien nos sostiene a nosotros.
ESCUCHAR
Después de contemplar, el corazón se va tranquilizando, se va aquietando. Y cuando el corazón se aquieta, comienza a escuchar.
Dios sigue hablándonos hoy. No es un Dios mudo ni distante. Pero su voz no se impone. No grita. No atropella. Dios habla de una manera discreta, respetuosa, casi frágil. Por eso, muchas veces, para escucharlo, no hace falta hacer más cosas, sino callar un poco más.
Vivimos rodeados de ruido: ruido exterior y ruido interior.
Preocupaciones, urgencias, pensamientos que no se apagan ni siquiera cuando intentamos rezar. Y en medio de ese ruido, la voz del Señor puede quedar ahogada.
La Cuaresma es un tiempo propicio para afinar el oído del corazón. Para distinguir qué voces nos habitan y a cuáles estamos dando más espacio. No todas las voces que oímos vienen de Dios, aunque suenen fuerte. Y la voz de Dios, muchas veces, es suave, humilde, persistente.
Dios nos habla en su Palabra, proclamada en la liturgia y meditada en la oración. Pero Dios también nos habla en la vida: a través de las personas, de los acontecimientos, de las situaciones que nos tocan más de cerca.
A veces nos habla en la alegría y en el gozo de servir. Otras veces nos habla en el cansancio, en la dificultad, en el fracaso, en aquello que no entendemos. No todo lo que vivimos viene directamente de Dios, pero todo puede convertirse en lugar de encuentro con Él.
Escuchar al Señor no significa recibir siempre respuestas claras. Muchas veces significa aprender a permanecer en la pregunta. Dejar que la Palabra vaya trabajando el corazón poco a poco, sin prisas, sin exigencias.
Como agentes de pastoral, también aquí corremos riesgos: el riesgo de escuchar mucho a los demás y poco a Dios; el riesgo de dejarnos llevar por lo urgente y olvidar lo importante; el riesgo de decidir solo desde la eficacia y no desde el Evangelio.
Escuchar al Señor es volver a preguntarnos, con verdad y sencillez:
¿qué me está diciendo hoy el Señor?,
¿qué me pide en este momento concreto de mi vida?, ¿qué nos está pidiendo como Iglesia?
Escuchar requiere silencio interior, discernimiento y paciencia. Requiere aceptar que no todo se entiende de inmediato. Que hay palabras de Dios que necesitan tiempo para germinar.
Pero ¿qué significa realmente silencio interior?
Silencio interior no es simplemente ausencia de ruido externo. Podemos estar en una iglesia en silencio… y tener el corazón lleno de voces. Pensamientos que se cruzan, preocupaciones que no se apagan, conversaciones que seguimos repitiendo por dentro, decisiones que nos inquietan.
Silencio interior es otra cosa. Es aprender a poner orden en lo que nos habita. Es dejar que no todas las voces tengan el mismo peso. Es permitir que la voz de Dios no compita con todas las demás, sino que encuentre espacio.
A veces llegamos a la oración con el corazón acelerado. Pensamos que no sabemos rezar porque no logramos concentrarnos. Y quizá el Señor no nos está pidiendo grandes discursos, sino simplemente que nos quedemos ahí, delante de Él, aunque el interior esté revuelto. El silencio interior no siempre es inmediato; es un camino.
Y junto al silencio aparece el discernimiento.
Discernir no es complicar la vida. No es buscar señales extraordinarias. Discernir es aprender a distinguir. Distinguir qué viene de Dios y qué nace simplemente de mi miedo, de mi orgullo o de mi cansancio.
Por ejemplo, en la vida pastoral, no siempre todo lo urgente es lo más importante. A veces una propuesta parece muy buena, muy eficaz, muy bien organizada… pero no necesariamente es lo que el Señor nos está pidiendo en este momento. Otras veces algo sencillo, pequeño, casi invisible, es lo que realmente construye el Reino.
Discernir es preguntarnos:
¿esto me acerca más al Señor?
¿esto me da paz profunda o solo tranquilidad momentánea? ¿esto nace del amor o del miedo?
El discernimiento requiere tiempo. No se improvisa. No es fruto de la prisa. Y aquí aparece la tercera palabra: paciencia.
Paciencia con los demás, sí. Pero sobre todo paciencia con uno mismo. Paciencia para aceptar que estamos en proceso. Que no todo cambia de un día para otro. Que la conversión es un camino y no un golpe de efecto.
Muchas veces quisiéramos entenderlo todo enseguida. Quisiéramos tener respuestas claras, decisiones firmes, soluciones inmediatas. Pero Dios no suele actuar así. Él trabaja como el sembrador. Siembra, y la semilla queda escondida bajo la tierra.
Aceptar que no todo se entiende de inmediato es aceptar que la fe no es matemática. Hay momentos en la vida en los que uno no entiende por qué sucede lo que sucede. Momentos en los que la oración parece seca. Momentos en los que el esfuerzo pastoral parece no dar fruto. Y sin embargo, algo está germinando.
La Palabra de Dios necesita tiempo. Como la semilla que no vemos crecer, pero que está trabajando en lo oculto. Como una vocación que tarda años en madurar. Como una reconciliación que parecía imposible y que poco a poco se va gestando.
Aceptar que no todo se entiende de inmediato es un acto de humildad y de confianza. Es decirle al Señor: “No lo veo claro, pero confío. No lo comprendo todo, pero me fío”.
Y quizá aquí la Cuaresma nos invita precisamente a eso: a no querer controlarlo todo. A dejar que Dios sea Dios. A permitir que su Palabra haga su obra en nosotros aunque no veamos resultados inmediatos.
Porque cuando aprendemos a vivir así —con silencio interior, con discernimiento y con paciencia— entonces la escucha se vuelve más profunda. Y la vida empieza a ordenarse desde dentro.
Y aquí la Cuaresma nos regala algo muy hermoso: nos concede el tiempo. Cuarenta días para escuchar sin prisas. Cuarenta días para volver una y otra vez a la Palabra. Cuarenta días para dejar que el Señor nos hable al corazón.
VIVIR – SER ENVIADOS
La contemplación y la escucha no se quedan encerradas en el corazón. Si son verdaderas, piden paso a la vida.
La Cuaresma no termina en un ejercicio interior. Termina en la Pascua. Y la Pascua no es solo una celebración que esperamos, sino una vida nueva que se nos regala. Cristo resucitado no viene a maquillarnos la existencia, viene a transformarla desde dentro.
Vivir la Pascua es dejarnos renovar por el amor que hemos contemplado y escuchado. Es permitir que ese amor llegue a lo concreto de nuestra vida: a la manera de relacionarnos, de servir, de trabajar, de vivir la fe en lo cotidiano.
Como agentes de pastoral, podemos caer en la tentación de hacer muchas cosas para Dios, pero sin dejar que Dios haga algo en nosotros. La Pascua nos recuerda que la misión no nace del esfuerzo, sino de la experiencia de ser amados.
No anunciamos lo que sabemos, sino lo que hemos vivido. No damos lo que nos sobra, sino lo que hemos recibido gratuitamente.
Vivir como resucitados no significa vivir sin problemas. Significa vivirlo todo desde una esperanza nueva. Desde la certeza de que el amor es más fuerte que el mal y que la vida es más fuerte que la muerte.
La Pascua nos empuja a la misión. No como una carga más, sino como una consecuencia natural del encuentro con Cristo. Y la misión comienza siempre en lo cercano: en la familia, en el trabajo, en la parroquia, en la hermandad, en la Universidad, en el hospital, en el barrio, en cada tarea cotidiana.
A veces la misión será visible y agradecida. Otras veces será silenciosa y poco reconocida. Pero en todos los casos, es el Señor quien sostiene, quien acompaña y quien da fecundidad.
Vivir la Cuaresma con hondura es aceptar que algo en nosotros tiene que morir para que algo nuevo pueda nacer. Morir a ciertas seguridades, a ciertas rutinas, a ciertos miedos. Y al mismo tiempo, abrirnos a la vida nueva que Dios quiere regalarnos.
Pero ¿qué significa concretamente morir a ciertas seguridades?
No hablamos de grandes renuncias heroicas. Muchas veces hablamos de cosas muy sutiles. Morir a la seguridad de que “siempre lo hemos hecho así”. Morir a la tranquilidad que nos da lo conocido, aunque ya no esté dando fruto. Morir a la necesidad de tenerlo todo controlado.
En la vida pastoral, las seguridades pueden ser muchas. Puede ser la seguridad de un método que me funciona. La seguridad de un grupo que responde. La seguridad de una imagen que otros tienen de mí. Incluso la seguridad de sentirme necesario.
Y sin darnos cuenta, esas seguridades pueden convertirse en pequeños ídolos. No porque sean malas en sí mismas, sino porque nos aferramos a ellas como si de ahí dependiera todo.
Morir a ciertas seguridades es aceptar que la obra no es mía. Que la parroquia no es mía. Que la misión no es mía. Que el Reino no depende de mi capacidad, ni de mi carisma, ni de mi organización.
Y eso duele un poco. Porque todos necesitamos sentirnos útiles. Todos necesitamos sentir que lo que hacemos tiene impacto. Pero la Cuaresma nos invita a una libertad más profunda: la libertad de saber que somos instrumentos, no protagonistas absolutos.
Morir a ciertas rutinas también forma parte del camino. Rutinas que quizá nos dan comodidad, pero que han perdido alma. Actividades que seguimos haciendo porque siempre se han hecho, pero que ya no nos interpelan por dentro. Palabras que repetimos sin dejarnos afectar por ellas.
Morir a ciertas rutinas es preguntarnos con honestidad:
¿esto me acerca más al Señor o simplemente me mantiene ocupado? ¿esto nace de una llamada viva o de una costumbre heredada?
Y también está el morir a ciertos miedos.
Miedo a cambiar.
Miedo a equivocarnos.
Miedo a perder reconocimiento.
Miedo a que los demás no entiendan nuestras decisiones. Miedo incluso a que el Señor nos pida algo más de lo que estamos dispuestos a dar.
La Pascua pasa siempre por la cruz. Y la cruz no es solo sufrimiento exterior; muchas veces es despojo interior. Es dejar caer aquello que nos daba sensación de estabilidad para apoyarnos únicamente en el Señor.
Pero aquí está la buena noticia: lo que muere en Cristo no se pierde, se transforma. Lo que entregamos no desaparece, se purifica. Lo que soltamos con confianza, Dios lo recrea de un modo nuevo.
Cuando Jesús habla del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto, nos está describiendo esta lógica del Reino. Si el grano no muere, se queda solo. Si muere, da fruto abundante.
Quizá esta Cuaresma nos está invitando a dejar caer algo concreto. Tal vez una actitud demasiado rígida. Tal vez una forma de hacer que necesita renovarse. Tal vez una resistencia interior que llevamos tiempo justificando.
Morir a ciertas seguridades no es perder identidad. Es ganar libertad. No es empobrecernos. Es permitir que Dios ensanche el corazón.
Y cuando aceptamos este proceso, algo nuevo comienza a brotar. Una manera más sencilla de servir. Una fe menos apoyada en nosotros mismos y más apoyada en la gracia. Una misión vivida no desde la ansiedad, sino desde la confianza.
Ahí comienza verdaderamente la vida pascual.
PASO A LA ADORACIÓN
Dentro de unos momentos, vamos a tener un tiempo prolongado de adoración ante el Santísimo Sacramento.
Todo lo que hemos ido compartiendo esta mañana —contemplar, escuchar, vivir— ahora se va a hacer realidad de una manera muy concreta. Ya no hablaremos de contemplar: vamos a contemplar. Ya no hablaremos de escuchar: vamos a disponernos a escuchar. Ya no hablaremos de vivir desde Él: vamos a ponernos delante de Aquel que es la Vida.
Cristo se hace pan. Se hace fragilidad. Se hace presencia silenciosa.
Y esto es algo que nunca deberíamos dar por supuesto. El Señor del universo, el que sostiene la historia, el que ha vencido a la muerte, se queda ahí, expuesto, pequeño, humilde, aparentemente vulnerable.
No viene a impresionarnos. No viene a exigirnos cuentas. No viene a recordarnos lo que no hemos hecho bien. Viene a mirarnos. Viene a amarnos. Viene a sostenernos.
En la adoración no hace falta hacer muchas cosas. No hace falta decir muchas palabras. A veces creemos que para rezar bien tenemos que pensar mucho, sentir mucho o decir mucho. Y, sin embargo, la adoración es sobre todo estar.
Estar delante de Él.
Mirarlo.
Dejarnos mirar.
Tal vez algunos lleguemos al momento de la adoración con el corazón lleno de cosas: preocupaciones pastorales, decisiones pendientes, situaciones familiares, cansancios acumulados. No pasa nada. No necesitamos ordenarlo todo antes de ponernos delante del Señor. Podemos presentarnos tal como estamos.
Él ya sabe lo que traemos. Él ya conoce nuestras luchas, nuestros esfuerzos, nuestras incoherencias y nuestras fidelidades. No se escandaliza de nuestra pobreza. La acoge.
Quizá este tiempo de adoración sea el momento para decirle al Señor, sencillamente: “Aquí estoy”. Sin adornos. Sin máscaras. Sin discursos largos. Solo “aquí estoy”.
Puede ser también el momento de agradecer. Agradecer la vocación recibida. Agradecer la misión que se nos ha confiado. Agradecer incluso las dificultades que nos han hecho crecer.
Puede ser el momento de poner delante de Él a las personas que acompañamos: nuestras comunidades, nuestros grupos, nuestras parroquias, nuestras hermandades. Presentarle sus nombres, sus rostros, sus historias.
Y puede ser también el momento de pedir. Pedir por nuestro presbiterio. Pedir por nuestros hermanos que ya han partido a la casa del Padre. Pedir por las vocaciones que nuestra Iglesia necesita. Pedir por nosotros mismos, para que no nos falte la fidelidad ni la alegría del servicio.
Ante el Santísimo, muchas cosas se recolocan. Lo urgente pierde dramatismo. Lo importante recupera su lugar. Las heridas empiezan a sanar. Las decisiones se clarifican.
Mirándolo a Él, comprendemos que no estamos solos. Que la misión no depende exclusivamente de nuestras fuerzas. Que la Iglesia no se sostiene por nuestras estrategias, sino por su gracia.
Que este tiempo de oración sea verdaderamente un espacio de encuentro. Que no tengamos miedo al silencio. Que no tengamos miedo a que el Señor nos hable por dentro. Que no tengamos miedo a dejar que toque aquello que más nos cuesta entregar.
Y cuando termine este rato de adoración, no saldremos iguales. Tal vez no con grandes emociones, tal vez no con respuestas definitivas, pero sí con una certeza más profunda: que somos amados, que somos enviados y que el Señor camina con nosotros.
Que María, mujer de la contemplación y del silencio, nos enseñe a estar delante de su Hijo con corazón sencillo y confiado.
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Arreglos en Briales
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Rosa y Carlos, su imagen reciente en su 51 aniversario
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VISITA A CARLOS Y ROSA DE FUENGIROLA RESPONSABLES DE LA REUNIÓN
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Cuadro regalado a las Hermanas de la Cruz
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La nieta de Carlos y Rosa de Fuengirola, Carolina
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Reunión de Hombres de la luz
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SECCIÓN CHARLAS CUARESMALES
CHARLAS CUARESMALES EN STELLA MARIS Por D. Alfonso Crespo Hidalgo. CONFESAR NUESTRA FE EN TIEMPOS DE INCLEMENCIA, del 16 al 19 marzo.
Lunes 16
Señor, tu lo sabes todo, Tú sabes que te quiero
Martes 17
Señor, mío y Dios mío
Miércoles 18
Señor, auméntanos la fe
Jueves 19
Señor, ¿A dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna
SECCIÓN HOMILÍAS y REFLEXIONES
HOMILIAS DE D. ALFONSO
D. Alfonso Crespo
Director Espiritual
REFLEXIÓN: EL TIEMPO ALEGRE DE LA PASCUA
D. Alfonso
"REFLEXIÓN: EL TIEMPO ALEGRE DE LA PASCUA"
EL TIEMPO QUE CELEBRAMOS
MÚSICA PARA REZAR
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MISA CON D. ALFONSO CRESPO Y CELEBRACION PASCUAL DE LA COMUNIDAD
Comienzo Eucaristía. Contiene homilia de D. Alfonso
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Reliquia de San Juan de Ávila con la Comunidad
Reliquia de San Juan de Ávila
Buenos días hermanos:(comentario de Charo de Paco Castro) Estás son las reliquias que os envié de S. Juan de Ávila. Podéis ver el corazón abierto donde conserva un trocito del corazón del Santo y dicen que también de hueso no se si de la clavícula.
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Juan y Loli
Entrega de la Bendición Papal
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Comienzo Eucaristía
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Comienzo Eucaristía
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